“El amor tiene su cuota de dolor” me decía y yo sumergida en dicha porción incuantificable sollozando pétalos por cenizas. El fortuito quehacer del enamorado, que enturbia las aguas mansas y rebalsa la certeza indomable de sentir ríos calidos, estima conveniente aparecer respirándose sus estocadas profundas. Cayendo por arenas movedizas se revuelcan encontrones entre los salvavidas y la caída al fondo azulino, y a medio camino se estira un brazo que simula existencia en medio del vacío dubitativo.
“El amor tiene su cuota de dolor”, me decía sabia y yo incrédula contemplaba frente a mis ojos la posibilidad de volar por los sueños y la complacencia onírica, evitando la pesadumbre de palabras, qué palabras tan sabias. No bastaban notas de ridículos cantautores, ni poetizas proyectando desgracias por su devenir en desdicha, y ya sus palabras caían como gotas desde mis ojos anhelantes de incredulidad.
“El amor tiene su cuota de dolor”, resonaba en mi mente la reverberación de semejante premisa sustentada en el pecho que aprieta y en las manos errantes más cercanas a los sueños que a la realidad, alcanzando las nubes de intromisión, revolcándose la historia en formación, y esas palabras que resonaban tiernas y violentas en un eco lejano a mi voz.