sábado, 30 de junio de 2007

= Ciudad Extraña =


Ciudad extraña. En mi mente tus hojas de espadas forjadas en el temor de la gente. En tu mente la suavidad de un recipiente del fluvial otoño que me embarga. Recibe mis fantasías de mujer sin rumbo, mientras yo recibo más de tus alucinaciones de paraje personal. Nómbrate paraíso y te creeré, créete príncipe y te seguiré, cuéntame más historias sobre tu historia e invítame a conocer tu desquiciado proceder citadino. Invítame de nuevo a tus campos de pasión, y tómame no como una mas de tus habitantes incrédulos con tanto placer. Te sigues yendo por el trasto inmediato que mi memoria guardará para siempre. Regálame más tango, más tacto, mas contacto. Sedúceme una vez más con tu hedor impregnado a tranquilidad y a tentativas medias lunas medias locas, con tu milonga enamoradiza y tus melodías que siembran trémulos sentimientos en la calma pasajera. Recorre mis recovecos más insólitos con tu viento locuaz y empápame de la lluvia de un trasandino sonriente. Quédate una vez más en mis manos inexpertas y condúceme a tus entrañas escindidas entre picosas lagunas y un sonriente semi mar. Remueve hasta lo más profundo de mis intrigas, que yo me haré vulnerable sin duda ante tus encantos. Escucha mis disonantes complejos infanto-juveniles, que yo te contaré hasta lo que nadie ha contado jamás. Amanece una vez más, mientras yo despierto encendiendo tus caminos, y que sea tal la extrañeza de tu impacto, que en el ocaso ya nunca más podamos separarnos. Hermosa ciudad de aires cruzados en su intención, preciosa ciudad de bondades infinitas. Que mi vida en tu vida no se agote en el devenir de una forastera insegura de sus pasos, que se prolonguen tus ritmos, tus olores, tus bellezas sin fin, en esa vida que no quiero asumir. Invítame, sedúceme, confúndeme y contenme entre tus muros inexistentes, que de ser unos perfectos extraños pasaremos a extrañarnos, como ya lo hago sin haberte dejado.

jueves, 14 de junio de 2007

no soy solo psique!



Insospechable era la noción propuesta por el mentor superyoico más arcaico de mi vida y el de la sociedad. Padre. Así lo llamaron. Yo no (S.P), pero es padre igual. Me alejo del psicologismo voluble constreñido a los deseos infantiles en desarrollo personal, me dirijo a la concretud del conjunto químico consabido de antiguo –por no decir añejo-, a la creación misma entendía por los ojos, pensada y resumida en imagen. Hablo del Cuerpo. Ese bendito prospecto, entidad, compendio visual, táctil, pasional, y hormonal, ese contraste móvil que humea transeúnte en las sendas de la historia. Ese cuestionable prócer de la evolución, esa endeble coraza en la que devino la humanidad; anoréxico, obeso, lindo, feo, alto, bajo, peludo, negro, discapacitado, aterrado. ESE. Cuerpo. La evidencia del pecado, la concretud simulada de las palabras, la expresión más pura del que nace, la más siniestra de quien miente. El amor a primera vista, la cara de los “te quiero”, los ojos de los “te extraño”. Cuerpo, porque no somos solo psyke…OK? Ni alma. Ni “eso” que no se ve.
Aún no llego a una conclusión clara de la etiología de todo este asunto; me he enterado por ahí, que un soplo divino cauterizó al barro dando forma a su semejante terrenal, quien luego amable donaría, -no conciente- una costilla, para redondear la creación corpórea con el símil más complementario; la mujer. He sabido en otras ocasiones, que un tal primate, a quien llamaremos “eslabón perdido” pues su corporalidad se inscribe en la teoría más buscada del arqueólogo, dio pie a sucesivas escisiones ramales en la constancia biológica, deviniendo en los homo sapiens y “súper homo” posteriores. He creído, con el tiempo, que al integrar ambas propuestas, como buena cristiana, y adherente al darwinismo radical, el famoso soplo se insertó en determinado momento de la evolución; determinísticamente, el alma distinguiría al hombre del mundillo animal. ¿Y qué pasó con nuestro cuerpo? Me niego a seguir redondeando la idea medieval de que todo lo relativo al cuerpo se asemeja a lo animal y en definitiva a lo carente de razonamiento. Un paso al frente en la senda evolutiva, aún con cara de mono, pero ya se es hombre debido a un inesperado hálito de cierta deidad volitiva que –ganoso- propuso la existencia del hombre. NO. Para que mas “arrojados-en-el-mundo”, para que aludir más a la poca “libertad” del hombre. Basta de linealidades, de antes y despueses, de pasión versus razón. Y aquí entra la noción del padre (el mío claro); he sabido por él, que el hombre se hizo tal una vez que desobedeció, que fue condenado a sufrir, a sentirse desvalido, enfrentarse a las ausencias…y buscar. Sufrir. Ausencia. Interesante.
Me parece imposible hablar de sufrir, de ausencia o de desear, sin la prístina y necesaria idea de cuerpo. Ni siquiera –me atrevo a decir- un soplo divino pudiese desarrollarse previo a la existencia del cuerpo, y a la vivencia del hombre de éste mismo. La motivación más profunda de la búsqueda, en cualquier sentido, remite a esa máxima expresión de bienestar que en términos temporales, no dura más que un soplo divino. Ese momento en el que nuestro cuerpo lo es –omnipotente, omnipresente- todo. En el que somos uno, pero todo lo demás es uno. Ese momento donde no hay limitación, la barrera yoíca endeble como nunca más lo será, porosa en instantaneidad fugaz, no distingue entre tú, yo, ellos, allá. Y ahí viene ella, la misteriosa sombra de amor, a instaurarnos el deseo, la necesidad, la noción de cuerpo. Llega materna, llega porque sí, llega como otra y como parte de nosotros; llega con su cuerpo, nos alimenta, nos cuida; y nosotros, nimiedad de personilla, parecemos envueltos en la masa del cosmos, viviendo el goce máximo, experimentando el clímax de ulterior asidero. Nunca más se vuelve a vivir el clímax gozoso, la experiencia cumbre, la simbiosis con el mundo. Luego el quiebre, la ruptura, el primer sufrimiento narcisistico; no somos todo, no tenemos todo; somos otro, hay otros; hay que demandar en otros, por otros. Análogamente a la evolución neonata hasta la vejez, es factible redundar en la evolución humana; de una masa multiforme, de una vivencia “animalezca”, pasional, caótica, nómada y desinteresada; llega un hálito, un vientecillo maternal, creador, que nos cobija. Llega la posibilidad de ser, y antes de ser uno, creemos ser todo. Error. Llega la conciencia de que somos, y no solo eso, que hay un cuerpo (y todo lo que este implica) que alimentar, que querer, y que queremos que cuiden y quieran. Seres deseantes, es tal vez movilizador de seres pecadores. Seres deseantes, es tal vez móvil de seres sufrientes. Desobedecer, me parece una ruptura con esa idea narcisa de ser-del-mundo, de sentir obligada la aparición del mundo y de otros en función de la propia existencia. Desobedecer, es decirle no a ese omnipresente ideal de cuidados y receptáculos eternos. Desobedecer es finalmente, y a mi parecer, caer en cuenta que somos un cuerpo, que ya no tiene de otro para afirmarse, que necesita saber más de sí mismo, de la propia carencia para así sentir, sufrir en el cuerpo, marcarse tangible y adolorido. Sin esa caótica sensación no nos llamaríamos vivos, ni cuerpo, ni lo suficientemente hombres, porque no desearíamos, ni buscaríamos, ni seriamos los eficaces demandantes de “otros”; no mas redundancias en sociedades “porque sí”, ni amores “porque están”. Sentir el cuerpo tan pesado que finalmente nos damos cuenta de nuestra finitud, radica en la invitación más hermosa a vivir, a vivirnos, y aprovechar esta acotada composición de elementos que tenemos como intermediario con nuestro medio.
Todo partió en el cuerpo, donde vivimos, sentimos, morada de la identidad, y la carátula de nuestra historia… porque, somos más que psyké.

miércoles, 13 de junio de 2007

influenzame


Abrazaba el aire desesperada, gimiendo tonadas diabólicas, evadiendo el tono caritativo de una mano tendida sin peros. Érase un sol en persona, irradiaba mas centígrados que tigre en celo, embobada con pasajeros pensamientos sin razón, obnubilada la conciencia llevada a un estado máximo de regresión; érase piel espinada, poros derretidos y ojos desorbitados la pobre diabla. Yacía tendida, a la vez catatónica y estertórica escena de escalofriante sutilidad. Entumida la diabla, febril el ascenso a los 40 y un llanto que rompía el silencio de esa tarde, maldita tarde, de niebla errante, de frío hierro y arrimo etéreo. Salvaje la diabla, que lloraba ensimismada, que gemía y rogaba, al aire, entre suspiros, a ellos, esos que no están, a ella, esa que siempre está y ya no estaba, y a esta….esta que petrificada con sonrisa a medio son cantaba profecías de bienestar venidero, compraventa nada útil para el estado inerte, agraciado en desgracia y adolorido de entraña profunda a piel somnífera. Estaba roída, plasmada al suelo, borrada en llanto, en sopor mutante, fluido el desencanto vital, adormecida la sien, dislocada la audición, penetrante las agujas estomacales, centímetro a centímetro inoperante, la muy diabla, larga, enferma, febril y poco elocuente diabla…quien te viese, gran mujer, tendida, tumbada, débil, llorando, suplicando, necesitando desde el resabio gripal, en la cima de tu nuevo mundo, cayendo abrupta, de fauces y esqueletos resquebrajados a los brazos que te mecieron, a la voz que te arrullara, a el brazo que te tendiera….aunque sea un momento, en el febril sueño, pobre diabla.

domingo, 3 de junio de 2007

Nahuel.-



Ya embarcada en el endeble recipiente fluvial, se desplazan las tablas somníferas de una barcaza fluvial, atravesando el amarronado sendero condicionado al éxtasis. Avanzamos epilépticos entre los oleajes turbulentos de este trayecto fiero, y el viento –soplando a veces a nuestro favor, y otras en contra-, moviliza más que un congelado estado corpóreo, atiborrado de dudas y sorpresas ante la maravillosa escena. No es menester voz, no es favorable oír, no es convincente oler, si es que estos ojos no se prestan al impacto severo de emoción floreciente. Abrazando en pestañeos espásmicos, esa luz, esa tenue luz de un atardecer anaranjado, me someto al irreverente árbol bordó que majestuoso –y como si no aceptara su pronta muerte invernal- se indigna ante la presencia de una belleza humana frágil y fútil en contraste a su imponente presencia divina. Acompañando a los sauces, melancólicos herbívoros del agua, esos juncos, canosos por el calentamiento terráqueo se unen jocosos al vaivén del viento, entonando canciones kinésicas, desbordando mis ojos de sensaciones calmas. El sol ya se pone, y la superficie entigrada entibia la imagen especular de la sinuosa luna que pugna por ser el centro de atención en esta fría noche otoñal. Más árboles, endiosados y caprichosos troncos que acompañan nuestro camino acuoso, se unen con fantásticos degradés, del rojo al amarillo sin estamentos suficientes que separen la explosión de media estación. Cubiertos de enredaderas, cayendo al río, naciendo de él o a veces susurrando historias de mil años antes a los desapercibidos peces, estas entidades monárquicas expelen historias sin narrar, y una belleza inalcanzable para los estetas de una metrópolis que desconoce el origen del placer visual. Inexpresable emoción ante el envidiable paisaje y los pobladores en mi fantasía felices, por el solo hecho de habitar entre la belleza imponente e impotente ante los visitadores. Aquí vienen forasteros inocuos, embobados progresivamente tras el paso de tramos violáceos en esta noche de amor. Nahuel te llamaron, y yo solo me remito a la animalidad de fondo, esa bestialidad con que deviene la HERMOSURA sin igual de tu acontecer natural, -Tigre-, que de reojo me recibes y de reojo me despides, en mi retina ya no cabe más placer y agradecimiento, una vez más, por tu acontecer.