Insospechable era la noción propuesta por el mentor superyoico más arcaico de mi vida y el de la sociedad. Padre. Así lo
llamaron. Yo no (S.P), pero es padre igual. Me alejo del psicologismo voluble constreñido a los deseos infantiles en desarrollo personal, me dirijo a la concretud del conjunto químico consabido de antiguo –por no decir añejo-, a la creación misma entendía por los ojos, pensada y resumida en imagen. Hablo del Cuerpo. Ese bendito prospecto, entidad, compendio visual, táctil, pasional, y hormonal, ese contraste móvil que humea transeúnte en las sendas de la historia. Ese cuestionable prócer de la evolución, esa endeble coraza en la que devino la humanidad; anoréxico, obeso, lindo, feo, alto, bajo, peludo, negro, discapacitado, aterrado. ESE. Cuerpo. La evidencia del pecado, la concretud simulada de las palabras, la expresión más pura del que nace, la más siniestra de quien miente. El amor a primera vista, la cara de los “te quiero”, los ojos de los “te extraño”. Cuerpo, porque no somos solo psyke…OK? Ni alma. Ni “eso” que no se ve.
Aún no llego a una conclusión clara de la etiología de todo este asunto; me he enterado por ahí, que un soplo divino cauterizó al barro dando forma a su semejante terrenal, quien luego amable donaría, -no conciente- una costilla, para redondear la creación corpórea con el símil más complementario; la mujer. He sabido en otras ocasiones, que un tal primate, a quien llamaremos “eslabón perdido” pues su corporalidad se inscribe en la teoría más buscada del arqueólogo, dio pie a sucesivas escisiones ramales en la constancia biológica, deviniendo en los homo sapiens y “súper homo” posteriores. He creído, con el tiempo, que al integrar ambas propuestas, como buena cristiana, y adherente al darwinismo radical, el famoso soplo se insertó en determinado momento de la evolución; determinísticamente, el alma distinguiría al hombre del mundillo animal. ¿Y qué pasó con nuestro cuerpo? Me niego a seguir redondeando la idea medieval de que todo lo relativo al cuerpo se asemeja a lo animal y en definitiva a lo carente de razonamiento. Un paso al frente en la senda evolutiva, aún con cara de mono, pero ya se es hombre debido a un inesperado hálito de cierta deidad volitiva que –ganoso- propuso la existencia del hombre. NO. Para que mas “arrojados-en-el-mundo”, para que aludir más a la poca “libertad” del hombre. Basta de linealidades, de antes y despueses, de pasión versus razón. Y aquí entra la noción del padre (el mío claro); he sabido por él, que el hombre se hizo tal una vez que desobedeció, que fue condenado a sufrir, a sentirse desvalido, enfrentarse a las ausencias…y buscar. Sufrir. Ausencia. Interesante.
Me parece imposible hablar de sufrir, de ausencia o de desear, sin la prístina y necesaria idea de cuerpo. Ni siquiera –me atrevo a decir- un soplo divino pudiese desarrollarse previo a la existencia del cuerpo, y a la vivencia del hombre de éste mismo. La motivación más profunda de la búsqueda, en cualquier sentido, remite a esa máxima expresión de bienestar que en términos temporales, no dura más que un soplo divino. Ese momento en el que nuestro cuerpo lo es –omnipotente, omnipresente- todo. En el que somos uno, pero todo lo demás es uno. Ese momento donde no hay limitación, la barrera yoíca endeble como nunca más lo será, porosa en instantaneidad fugaz, no distingue entre tú, yo, ellos, allá. Y ahí viene ella, la mist
eriosa sombra de amor, a instaurarnos el deseo, la necesidad, la noción de cuerpo. Llega materna, llega porque sí, llega como otra y como parte de nosotros; llega con su cuerpo, nos alimenta, nos cuida; y nosotros, nimiedad de personilla, parecemos envueltos en la masa del cosmos, viviendo el goce máximo, experimentando el clímax de ulterior asidero. Nunca más se vuelve a vivir el clímax gozoso, la experiencia cumbre, la simbiosis con el mundo. Luego el quiebre, la ruptura, el primer sufrimiento narcisistico; no somos todo, no tenemos todo; somos otro, hay otros; hay que demandar en otros, por otros. Análogamente a la evolución neonata hasta la vejez, es factible redundar en la evolución humana; de una masa multiforme, de una vivencia “animalezca”, pasional, caótica, nómada y desinteresada; llega un hálito, un vientecillo maternal, creador, que nos cobija. Llega la posibilidad de ser, y antes de ser uno, creemos ser todo. Error. Llega la conciencia de que somos, y no solo eso, que hay un cuerpo (y todo lo que este implica) que alimentar, que querer, y que queremos que cuiden y quieran. Seres deseantes, es tal vez movilizador de seres pecadores. Seres deseantes, es tal vez móvil de seres sufrientes. Desobedecer, me parece una ruptura con esa idea narcisa de ser-del-mundo, de sentir obligada la aparición del mundo y de otros en función de la propia existencia. Desobedecer, es decirle no a ese omnipresente ideal de cuidados y receptáculos eternos. Desobedecer es finalmente, y a mi parecer, caer en cuenta que somos un cuerpo, que ya no tiene de otro para afirmarse, que necesita saber más de sí mismo, de la propia carencia para así sentir, sufrir en el cuerpo, marcarse tangible y adolorido. Sin esa caótica sensación no nos llamaríamos vivos, ni cuerpo, ni lo suficientemente hombres, porque no desearíamos, ni buscaríamos, ni seriamos los eficaces demandantes de “otros”; no mas redundancias en sociedades “porque sí”, ni amores “porque están”. Sentir el cuerpo tan pesado que finalmente nos damos cuenta de nuestra finitud, radica en la invitación más hermosa a vivir, a vivirnos, y aprovechar esta acotada composición de elementos que tenemos como intermediario con nuestro medio.
Todo partió en el cuerpo, donde vivimos, sentimos, morada de la identidad, y la carátula de nuestra historia… porque, somos más que psyké.
llamaron. Yo no (S.P), pero es padre igual. Me alejo del psicologismo voluble constreñido a los deseos infantiles en desarrollo personal, me dirijo a la concretud del conjunto químico consabido de antiguo –por no decir añejo-, a la creación misma entendía por los ojos, pensada y resumida en imagen. Hablo del Cuerpo. Ese bendito prospecto, entidad, compendio visual, táctil, pasional, y hormonal, ese contraste móvil que humea transeúnte en las sendas de la historia. Ese cuestionable prócer de la evolución, esa endeble coraza en la que devino la humanidad; anoréxico, obeso, lindo, feo, alto, bajo, peludo, negro, discapacitado, aterrado. ESE. Cuerpo. La evidencia del pecado, la concretud simulada de las palabras, la expresión más pura del que nace, la más siniestra de quien miente. El amor a primera vista, la cara de los “te quiero”, los ojos de los “te extraño”. Cuerpo, porque no somos solo psyke…OK? Ni alma. Ni “eso” que no se ve.Aún no llego a una conclusión clara de la etiología de todo este asunto; me he enterado por ahí, que un soplo divino cauterizó al barro dando forma a su semejante terrenal, quien luego amable donaría, -no conciente- una costilla, para redondear la creación corpórea con el símil más complementario; la mujer. He sabido en otras ocasiones, que un tal primate, a quien llamaremos “eslabón perdido” pues su corporalidad se inscribe en la teoría más buscada del arqueólogo, dio pie a sucesivas escisiones ramales en la constancia biológica, deviniendo en los homo sapiens y “súper homo” posteriores. He creído, con el tiempo, que al integrar ambas propuestas, como buena cristiana, y adherente al darwinismo radical, el famoso soplo se insertó en determinado momento de la evolución; determinísticamente, el alma distinguiría al hombre del mundillo animal. ¿Y qué pasó con nuestro cuerpo? Me niego a seguir redondeando la idea medieval de que todo lo relativo al cuerpo se asemeja a lo animal y en definitiva a lo carente de razonamiento. Un paso al frente en la senda evolutiva, aún con cara de mono, pero ya se es hombre debido a un inesperado hálito de cierta deidad volitiva que –ganoso- propuso la existencia del hombre. NO. Para que mas “arrojados-en-el-mundo”, para que aludir más a la poca “libertad” del hombre. Basta de linealidades, de antes y despueses, de pasión versus razón. Y aquí entra la noción del padre (el mío claro); he sabido por él, que el hombre se hizo tal una vez que desobedeció, que fue condenado a sufrir, a sentirse desvalido, enfrentarse a las ausencias…y buscar. Sufrir. Ausencia. Interesante.
Me parece imposible hablar de sufrir, de ausencia o de desear, sin la prístina y necesaria idea de cuerpo. Ni siquiera –me atrevo a decir- un soplo divino pudiese desarrollarse previo a la existencia del cuerpo, y a la vivencia del hombre de éste mismo. La motivación más profunda de la búsqueda, en cualquier sentido, remite a esa máxima expresión de bienestar que en términos temporales, no dura más que un soplo divino. Ese momento en el que nuestro cuerpo lo es –omnipotente, omnipresente- todo. En el que somos uno, pero todo lo demás es uno. Ese momento donde no hay limitación, la barrera yoíca endeble como nunca más lo será, porosa en instantaneidad fugaz, no distingue entre tú, yo, ellos, allá. Y ahí viene ella, la mist
eriosa sombra de amor, a instaurarnos el deseo, la necesidad, la noción de cuerpo. Llega materna, llega porque sí, llega como otra y como parte de nosotros; llega con su cuerpo, nos alimenta, nos cuida; y nosotros, nimiedad de personilla, parecemos envueltos en la masa del cosmos, viviendo el goce máximo, experimentando el clímax de ulterior asidero. Nunca más se vuelve a vivir el clímax gozoso, la experiencia cumbre, la simbiosis con el mundo. Luego el quiebre, la ruptura, el primer sufrimiento narcisistico; no somos todo, no tenemos todo; somos otro, hay otros; hay que demandar en otros, por otros. Análogamente a la evolución neonata hasta la vejez, es factible redundar en la evolución humana; de una masa multiforme, de una vivencia “animalezca”, pasional, caótica, nómada y desinteresada; llega un hálito, un vientecillo maternal, creador, que nos cobija. Llega la posibilidad de ser, y antes de ser uno, creemos ser todo. Error. Llega la conciencia de que somos, y no solo eso, que hay un cuerpo (y todo lo que este implica) que alimentar, que querer, y que queremos que cuiden y quieran. Seres deseantes, es tal vez movilizador de seres pecadores. Seres deseantes, es tal vez móvil de seres sufrientes. Desobedecer, me parece una ruptura con esa idea narcisa de ser-del-mundo, de sentir obligada la aparición del mundo y de otros en función de la propia existencia. Desobedecer, es decirle no a ese omnipresente ideal de cuidados y receptáculos eternos. Desobedecer es finalmente, y a mi parecer, caer en cuenta que somos un cuerpo, que ya no tiene de otro para afirmarse, que necesita saber más de sí mismo, de la propia carencia para así sentir, sufrir en el cuerpo, marcarse tangible y adolorido. Sin esa caótica sensación no nos llamaríamos vivos, ni cuerpo, ni lo suficientemente hombres, porque no desearíamos, ni buscaríamos, ni seriamos los eficaces demandantes de “otros”; no mas redundancias en sociedades “porque sí”, ni amores “porque están”. Sentir el cuerpo tan pesado que finalmente nos damos cuenta de nuestra finitud, radica en la invitación más hermosa a vivir, a vivirnos, y aprovechar esta acotada composición de elementos que tenemos como intermediario con nuestro medio.Todo partió en el cuerpo, donde vivimos, sentimos, morada de la identidad, y la carátula de nuestra historia… porque, somos más que psyké.
1 comentario:
jajaja...exelente "infuenzame", ojala estes mejor; cuidate! Max
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