
Ya embarcada en el endeble recipiente fluvial, se desplazan las tablas somníferas de una barcaza fluvial, atravesando el amarronado sendero condicionado al éxtasis. Avanzamos epilépticos entre los oleajes turbulentos de este trayecto fiero, y el viento –soplando a veces a nuestro favor, y otras en contra-, moviliza más que un congelado estado corpóreo, atiborrado de dudas y sorpresas ante la maravillosa escena. No es menester voz, no es favorable oír, no es convincente oler, si es que estos ojos no se prestan al impacto severo de emoción floreciente. Abrazando en pestañeos espásmicos, esa luz, esa tenue luz de un atardecer anaranjado, me someto al irreverente árbol bordó que majestuoso –y como si no aceptara su pronta muerte invernal- se indigna ante la presencia de una belleza humana frágil y fútil en contraste a su imponente presencia divina. Acompañando a los sauces, melancólicos herbívoros del agua, esos juncos, canosos por el calentamiento terráqueo se unen jocosos al vaivén del viento, entonando canciones kinésicas, desbordando mis ojos de sensaciones calmas. El sol ya se pone, y la superficie entigrada entibia la imagen especular de la sinuosa luna que pugna por ser el centro de atención en esta fría noche otoñal. Más árboles, endiosados y caprichosos troncos que acompañan nuestro camino acuoso, se unen con fantásticos degradés, del rojo al amarillo sin estamentos suficientes que separen la explosión de media estación. Cubiertos de enredaderas, cayendo al río, naciendo de él o a veces susurrando historias de mil años antes a los desapercibidos peces, estas entidades monárquicas expelen historias sin narrar, y una belleza inalcanzable para los estetas de una metrópolis que desconoce el origen del placer visual. Inexpresable emoción ante el envidiable paisaje y los pobladores en mi fantasía felices, por el solo hecho de habitar entre la belleza imponente e impotente ante los visitadores. Aquí vienen forasteros inocuos, embobados progresivamente tras el paso de tramos violáceos en esta noche de amor. Nahuel te llamaron, y yo solo me remito a la animalidad de fondo, esa bestialidad con que deviene la HERMOSURA sin igual de tu acontecer natural, -Tigre-, que de reojo me recibes y de reojo me despides, en mi retina ya no cabe más placer y agradecimiento, una vez más, por tu acontecer.
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