Cuando te sacude la certeza que algo esta por acabar, y miras los centinelas rumiantes de la mente, y escuchas sus ojos llenos de desconcierto, se pausa el tiempo y el redoble de tambores resuena estrepitoso en los oídos. No hay peor ciego que el que no quiere ver. No hay peor sordo que el que no quiere escuchar. Y no hay, no no existe peor amante, que el que no quiere amar. Recibe el ojo la primera luz, y poco a poco se vacían las expectativas del día por venir. La posible sonrisa se cierra sobre una fijeza y rudeza en la piel. ¿Abrázame? No querer oír, no querer ver, no querer pensar, no querer sentir, NO QUERER DESEAR. Sistema retrógrado, si me dejan opinar, aquel que te impone presencias y no queda mas alternativa que alucinar escapes, soñar en los inframundos, sonreír escondida, esperar algo como si la nada lo fuera. Se acaba el momento antes de empezar, se cae el cielo estrellado antes de sugerir su presencia; el pasto bosteza poco jovial frente a las nubes desorbitadas, extrañadas. Que frío. Algo me dice, que en algún rincón mundano persiste esa tibieza que a pesar de la fijeza, pretende brotar; si no, los pies no se dormirían esperando, y mis manos no las guardaría con temor. No obstante y sin embargo, aquí se ciernen los impactos de esas decisiones, y es inevitable no pisar en vano, no avanzar retrocediendo, no intentar fallando. Que frío.
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