
Llega el sol al equilibrio fluctuante del rayado equinoccio. 7 menos cuarto y alumbra sus rayos la penumbra del olvido onírico, mientras se viste de blanco el corazón preparando el ajuar de sentimientos gatúbelos. Siento su andar como si volviese a escuchar esa vocecilla antaño pituda, actual sonriente y segura del andar amoroso. El poco sueño y los pocos rayos aún no alumbran la faz de la radiante emoción; 7 menos cuarto, aún temprano, aún sigiloso el galopante calor floral, las pupilas se acentúan por sobre la figura de caballero andante, enormes pisadas, paso lento, firme la quijada, chueco los labios. Luego tumbado, armadura semi oxidada, me estremezco anhelando la fluorescente aparecida al este. Se escuchan reclamos inoperantes, que luego comprendo en el compendio ansioso y apurado de sus pasos citadinos, de su andar dislocado, de su espera académica, del sin sabor de los despertares sin sol. Prosiga su camino, dama de honor, procure lanzar flores a los costados y chispas desde su sonrisa, que en medio de la niebla de nada sirve opacarse más. Se atascan los pies entre las sabanas en desorden, acabado el concepto refugio, oscurecida aun el aura mañanera, y se observan sus ojos de temor, a media luz se entumece su memoria reciente y el día empeñado en malas luces no son aun limitante a su soltura de irremediable accionar. Inminente subterfugio enviciado, prendiendo humos nicotínicos para saber la luz, para saborear calor, para soñar sin sueño. Irreverente noche, de interminables lunas, de impositiva oscuridad, de irremediable frío, absuelta tu inmensidad si devuelves claridad, si prestas espacio a la seguridad de la presencia, si auscultas a la más estrellada para que resurja desde tus entrañas.
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