
Para Maca, y las estrellas lejanas…
Luchaba contra la puerta desvencijada, que el viento terrible en sus aleros más profundos hubo de arremeter, tal cual contra buenos aires hoy. Érame embobada, cabizbaja, bufanda, camiseta, chaleco y abrigo puesto. La nariz enrojecida de tanto frío y las manos estériles en acción. La quijada envuelta como paperas vestidas, y los ojos pequeños, desviados al interior y sin afán de búsqueda. Llena de bolsas en las manos y un aturdido empujón a la puerta en cuestión, me impedían -laboriosa- recaer en el detalle retrógrado a mi aparición: érase un principe urbano, elegante estampa y mirada curiosa, en frente de esta escena invernal. Estúpidamente me estremecí en retardo púber y cerré la puerta, esa misma obstinada encrucijada por la que el sujeto debía salir. “uyyy..Lo siento” y las palabras peor escogidas para responder a la sonrisa de un porteño desconocido, que amanecía en el mismo edificio que yo. Éranos cruzando nuestros caminos, aquí-y-ahora, tu-y-yo, mirándonos, yo desapercibida, él mirando contenido...éranos un yo y un otro, y una nada entre ambos. Éramos dos desconocidos, y una sonrisa y una mirada –insisto, despistada- que nos abrieron el mundo por un segundo, hacia aquella desconocida realidad de concreciones simuladas, hacia esa historia nebulosa que se exterioriza solo en sonrisas poco oportunas. Lo que no se abría era la puerta, y en un intento de reparar la acción no meditada y la interacción poco móvil, me devolví a abrir-le la puerta con mi llave forjada al estilo medieval. “Gracias” y un suspiro, “no hay de qué” y un guiño certero a mi parálisis estupefaciente. Encuentro cercanos, y tan lejanos que remiten a un conitnuum de encuentros en la vida. Éranos dos descocidos, y una situación tan familiar, que hicieron retornar las huellas de tantas otras situaciones, tantas otras personas, y tantos otros suspiros. Tal vez no lo vea más, pero nuestro “encuentro” mediatizó “re encuentros” con esa faceta desorientada, espontánea, sin objetivos y plena de inocencia. Recordar la sorpresa es recordar lo bello de lo efímero, de la simpleza sin mecanismos de defensa, de la apreciación de un suspiro, una sonrisa, un guiño, una palabra –muy inadaptada por lo demás-y una circularidad, entre “tues” y “yoes” desconocidos, de vivir con, de salir del ensimismamiento, y luego con mas fuerzas retornar a él, y seguir soñando.
Luchaba contra la puerta desvencijada, que el viento terrible en sus aleros más profundos hubo de arremeter, tal cual contra buenos aires hoy. Érame embobada, cabizbaja, bufanda, camiseta, chaleco y abrigo puesto. La nariz enrojecida de tanto frío y las manos estériles en acción. La quijada envuelta como paperas vestidas, y los ojos pequeños, desviados al interior y sin afán de búsqueda. Llena de bolsas en las manos y un aturdido empujón a la puerta en cuestión, me impedían -laboriosa- recaer en el detalle retrógrado a mi aparición: érase un principe urbano, elegante estampa y mirada curiosa, en frente de esta escena invernal. Estúpidamente me estremecí en retardo púber y cerré la puerta, esa misma obstinada encrucijada por la que el sujeto debía salir. “uyyy..Lo siento” y las palabras peor escogidas para responder a la sonrisa de un porteño desconocido, que amanecía en el mismo edificio que yo. Éranos cruzando nuestros caminos, aquí-y-ahora, tu-y-yo, mirándonos, yo desapercibida, él mirando contenido...éranos un yo y un otro, y una nada entre ambos. Éramos dos desconocidos, y una sonrisa y una mirada –insisto, despistada- que nos abrieron el mundo por un segundo, hacia aquella desconocida realidad de concreciones simuladas, hacia esa historia nebulosa que se exterioriza solo en sonrisas poco oportunas. Lo que no se abría era la puerta, y en un intento de reparar la acción no meditada y la interacción poco móvil, me devolví a abrir-le la puerta con mi llave forjada al estilo medieval. “Gracias” y un suspiro, “no hay de qué” y un guiño certero a mi parálisis estupefaciente. Encuentro cercanos, y tan lejanos que remiten a un conitnuum de encuentros en la vida. Éranos dos descocidos, y una situación tan familiar, que hicieron retornar las huellas de tantas otras situaciones, tantas otras personas, y tantos otros suspiros. Tal vez no lo vea más, pero nuestro “encuentro” mediatizó “re encuentros” con esa faceta desorientada, espontánea, sin objetivos y plena de inocencia. Recordar la sorpresa es recordar lo bello de lo efímero, de la simpleza sin mecanismos de defensa, de la apreciación de un suspiro, una sonrisa, un guiño, una palabra –muy inadaptada por lo demás-y una circularidad, entre “tues” y “yoes” desconocidos, de vivir con, de salir del ensimismamiento, y luego con mas fuerzas retornar a él, y seguir soñando.
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